miércoles, 28 de noviembre de 2007

Crónica de aniversario


Por Ramón Barreras Ferrán

Qué tire la primera piedra el periodista que no haya hecho una crónica de aniversario, por encargo o iniciativa. El año está lleno de fechas históricas o ceremoniales significativas y a la prensa, tan cercana al latir social (bueno, al menos eso pretende), no le gusta quedarse fuera del convite.
Entonces el director o el jefe de información, con demasiado protocolo, llama al redactor a su despacho y de manera circunspecta y hasta con ribetes de cierto patetismo, le indica hacer cuartilla y media –o 30 líneas, que para el caso es lo mismo- sobre el Día de los Enamorados, el de las Madres, el de los Padres, el de los Abuelos, el de la Mujer, el de la Medicina Latinoamericana, el de los Educadores, el de los Trabajadores de la Electricidad…
Y allá va el periodista a exprimirse las neuronas y conformar metáforas y símiles a la fuerza, como si hacer una crónica fuera igual que fabricar un bloque con arena, gravilla, cemento y agua o jabones en una de las fábricas de Suchell.
Pero piden, se hacen y hasta se publican, llenas de frases edulcoradas, dulzonas, destilando miel por todas partes, tan ridículas en ocasiones que ni el mismo autor las lee o escucha cuando aparecen impresas o forman parte de una emisión de radio o televisión.
En el reciente III Encuentro Nacional de Cronistas, en homenaje a Miguel Ángel de la Torre, efectuado en Cienfuegos, los miembros del jurado que evaluó los materiales presentados al concurso aseguraron que el 90 por ciento de las crónicas eran de aniversario, y que la mayoría de ellas tenían los mismos clichets de hace 30 años.
Mientras los escuchaba me pregunté: ¿Somos los periodistas los únicos responsables de ese cronicidio? En parte si, me respondí, pero en parte no, porque pudiéramos, ante el encargo expreso, decir NO, pero es que la inmensa mayoría somos disciplinados, respetamos a los jefes y además, sabemos que crónica de aniversario es publicación segura con recuadro o titulares, según el medio.
Las crónicas no pueden encargarse, ya se ha dicho de manera reiterada, porque ellas salen del alma, de lo más profundo de los sentimientos, porque son las flores del periodismo, el perfume del lenguaje, y no una simple sumatoria de imágenes, metáforas y símiles con ciertas pretensiones literarias.
La crónica merece el mayor de los respetos. Alguien en ese evento cienfueguero dijo que las buenas crónicas, las verdaderas, salen muy poco o sea, ocasionalmente, porque no nos pasamos la vida emocionados, y para hacerlas, es imprescindible la emoción verdadera.
Recuerdo ahora a una colega que le tiene fobia periodística a los días de celebraciones, porque asegura con razón, que en las 365 jornadas del año algo se conmemora. Pero hace poco publicó un material por un aniversario, de los que denominan cerrados (terminados en cero o en cinco). Cuando le pregunté por qué había faltado a su principio, respondió: “Me orientaron hacerlo”.
No estoy en contra –lo aclaro bien- de exaltar los aniversarios y celebrar los días con dedicaciones específicas, pero debe primar una medida, ajustándose sobre todo al interés real de los receptores. El Día de las Madres, por ejemplo, es demasiado grande, en términos de sentimientos, para enmarcarlo en 20 líneas. No tiene la prensa que aparecerse siempre el segundo domingo del mes de mayo con una crónica empalagosa, cuando quizás con una entrevista o una reseña pueda expresarse mucho más. Les aseguro que quien escribe estas líneas respeta tanto ese género periodístico que sólo ha hecho tres o cuatro en 30 años de ejercicio periodístico. Y para escribir otra lo pensaría muy bien antes de intentarlo, sobre todo después de escuchar en el evento a colegas que la enaltecen con sus plumas y leer recopilaciones publicadas recientemente por la editorial Pablo de la Torriente Brau, como Crónicas del primer día, del amigo cubano Luís Sexto.

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