sábado, 17 de noviembre de 2007

Antibióticos periodísticos


Por Ramón Barreras Ferrán


Acabo de criticar en Cubaperiodistas.cu a los que cometen intrusismo profesional en el Periodismo (“Eso no lo pongas ahí, periodista”, es el título del comentario), aunque no en el sentido que lo hace ahora Yamisleydis Montoya Pupo, quien, muy preocupada y con razones, expone en el mismo sitio en Internet que se “desprofesionaliza el sector en el mundo”.
Eso escuché decir a un numeroso grupo de colegas latinoamericanos que participaron en el más reciente Diplomado Internacional del Instituto de Periodismo José Martí. Y ellos no sólo se refirieron a esos nuevos “obreros calificados” (ni siquiera técnicos medios) que se adueñan de las herramientas de la profesión y tratan de dar vuelo, sin lograrlo la mayoría de las veces, a temas diversos, sobre todo vinculados a lo que estudiaron o desempeñan.
Porque hay cierto vicio de meterse en el terreno ajeno. Es como la pasión por adentrarse en lo prohibido. O el tratar de demostrar que “yo también puedo escribir, firmar y hacer valer mis opiniones”. Y hay que reconocer que en ese vaivén han aparecido buenos hacedores de líneas, concienzudos, bien intencionados, profundos…, pero también han salido a la luz, como el llamado comején casero en días lluviosos, infructuosos componedores de vocablos que demeritan el hacer periodístico como bien social.
A eso se suma, para mayor desgracia --como acabo de leer en el sustancioso artículo “Tendencias de los últimos cambios de la comunicación”, del profesor Enrique González Manet--, que quienes tienen mucho dinero compran cuanto medio de comunicación de masas puedan y forman verdaderos emporios económicos, en los cuales lo menos importante es el periodismo propiamente dicho, sino la publicidad que ocupa, cual modelo sobre la pasarela, el plano estelar.
Es patético, ciertamente, porque el mundo tiene muchos profesionales de la prensa que abrazan el crear como a un niño reciñen nacido. Por eso, con todo el respeto, no creo ciertamente que el Periodismo se esté desprofesionalizando. Tratan de hacerlo, eso sí, pero existen y existirán esos atisbos de buena voluntad en la escritura que ennoblece la profesión y estimula al receptor, en cualquiera de los medios.
Quienes saben leer (y no me refiero a quienes acaban de dejar de ser analfabetos) logran discernir bien dónde encontrar el buen periodismo. No pensemos que sólo con leer las mediocridades alguien se convierte en mediocre. El mediocre nace, crece y se agiganta, como la hierba mala o el marabú, y busca y buscará siempre lo cursi, lo poco inteligente…, en fin, lo mediocre, ya sea en el periodismo, en el mundo del arte y en todo lo que signifique creación en alguna de sus formas, aunque lo genuinamente bueno lo tenga ante sus ojos.
Confiemos en que el periodismo mantendrá su dignidad histórica, porque los que lo amamos sabremos fortalecerlo y ponerles freno definitivo a los intrusos que nada tienen que hacer entre las letras. En ese sentido mucho pueden ayudar las organizaciones gremiales, las honestas, por supuesto, las verdaderas, como la FELAP, la OIP y las que en cada nación tengan el respeto al quehacer profesional como precepto esencial y fundamento básico.
El mundo periodístico será juicioso y se protegerá de esos virus, tanto fuera como dentro de Internet. Y de no poder prevenirlos, pues habrá que emplear antibióticos contra ellos, que en nuestro medio, no son otros que la creación, el objetivismo y el afianzamiento de la vocación como premisa básica para el buen ejercicio profesional.
Tampoco debe olvidarse que no es sólo en las aulas universitarias donde deben formarse los buenos profesionales de la prensa, porque la práctica –criterio exacto de la verdad- está, sobre todo, en las redacciones.
No quiero decir con esto que el gremio sólo esté integrado por licenciados en Periodismo y Comunicación Social. Sería ilógico. La vida demuestra que los periodistas pueden formarse, pero básicamente nacen, porque hay muy fuertes componentes genéticos en una profesión que no debe ni puede desprofesionalizarse por obra y gracia de los entremetidos y de quienes se lo permitan a lo largo y ancho del mundo.

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